Juegos de seducción de Tetis y Peleo.

En aquella interesante edad en la que todavía dioses y hombres sabían, mal que bien, vivir juntos, Zeus, además de castrador de su padre Cronos, dominador del rayo y patrón del animado establo numinoso que representaban las divinidades olímpicas, venía a ser una especie de latin lover o supermacho alfa.

Un seductor como ya no los hay: barbudo, despeinado, burlón y, por lo que sabemos, nada amigo de colonias, cremas o tratamientos antienvejecimiento. Su hoja de servicios era impresionante. Pero, claro ¿qué fémina podría resistirse al soberano y más descollante figura de entre las que componían el panteón divino?

Y sin embargo, Zeus no era infalible. A veces se le resistían, ante lo cual mostraba una gran variedad de recursos y de disfraces: lluvia de oro, cisne blanco ante el cual la misma blancura se sonrojaría, soberbio toro contra el cual ni siquiera un José Tomás se atrevería…

Hay un caso en el que es Zeus mismo quien, tras unos primeros escarceos, tiene que recular, asustado. ¿Quién era la hembra capaz de arredrar al mismo Zeus, y hacerle volverse con el rabo entre las piernas? La futura madre de Aquiles: Tetis. Pero no os creáis que Tetis era una amante de la halterofilia griega. Al contrario, se trataba de una criatura hermosa y desumbrante. Digamos algo de ella.

Tetis pertenecía también al selecto club de los dioses, aunque no a aquellos que estaban en la cúspide cuando reinaba Zeus (los Olímpicos). Era una Nereida, esto es, era una de las 50 (!?) hijas de Nereo, divinidad marina, y nieta ni más ni menos que de Ponto, la personificación del primer océano terrestre. Además, las Nereidas descendían del Océano, el mar cósmico primigenio, por línea materna.

Por lo tanto, con esa renombrada genealogía marina no es de extrañar que las hijas de Nereo, entre ellas Tetis, habitasen la superficie, el fondo o los rincones de las aguas del mar. Todas estas diosas, dúctiles, ágiles, inaprensibles, tenían un fascinante poder de metamorfosis. Al parecer, esto volvía loquitos a los varones divinos.

A Tetis le salieron dos pretendientes inigualables: Zeus y Poseidón. Parece que los estamos viendo frente a frente, como gallitos en celo, dispuestos a desplegar todo tipo de argucias para llevarse el gato al agua, nunca mejor dicho. Pero, en esas, a Zeus le soplan un secreto que lo descompone. El secreto que llevaba consigo, sin saberlo, Tetis en su vientre: su hijo será muy superior al padre.

Con el oráculo (por cierto que de Prometeo) hemos topado. Zeus y Poseidón reflexionan. Si Tetis tiene un hijo con ellos o con algún otro inmortal, su soberanía corría peligro. Había que encontrarle un esposo humano y que los mortales se aguantasen si les salía un tirano (porque en todo caso, siendo de padre mortal, por mucho que el hijo lo sobrepasase no representaría ninguna amenaza para los dioses).

Peleo, rey de Ptía, fue el elegido. Tetis, sin embargo, no estaba muy por la labor de casarse con un simple mortal. Peleo tuvo que luchar por ella. Mejor dicho, luchar contra ella. Aprisionándola entre sus brazos, estableciendo un vínculo tan fuerte que ninguna de las metamorfosis de Tetis pudiese romperlo.

Peleo demostró ser un valiente esposo. No se asustó cuando Tetis se transformó en jabalí o león, ni la soltó cuando la diosa lo quemó, convertida en fuego e incluso fue capaz de seguir agarrándola cuando Tetis quiso escabullirse tomando la fluidez del agua.

El último recurso de la Nereida fue la metamorfosis en sepia. Arrojó su tinta negra, como hacen las sepias, sobre el pobre Peleo. Pero el rey, cegado y sucio, se mantuvo firme. Tetis, finalmente, tuvo que rendirse. Hubo boda y el lugar en el que ambos amantes habían mantenido tan reñida lucha pasó a llamarse cabo de las Sepias. Por cierto que aquella boda no trajo nada bueno para Troya.

Fuente: http://sobreleyendas.com/

Perfectamente Imperfecta

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